Educación afectiva: alas para el viaje del futuro


En cualquier examen del futuro, deberíamos preguntarnos antes que nada, no tanto hacia dónde va la educación, sino más bien hacia dónde debería ir. En el fondo debemos pensar en forma dialéctica entre el ser y el deber ser. Veamos a vuelo de pájaro dónde estamos y hacia dónde podríamos ir.


Muy a pesar de las nuevas tecnologías que han incurrido en los procesos didácticos, la escuela mantiene estructuras muy similares a las de antaño. Sólo hemos reemplazado unos instrumentos por otros, unas formas de adquirir información por otras. Nuestros sistemas educativos se han contentado con “instruir” y no con “educar”; han recompensado la soberbia y no la humildad; han enfatizado la búsqueda del prestigio individual y no el servicio a la comunidad; nuestros profesionales no son formados para responsabilizarse ni estudiar interdisciplinarmente las consecuencias sociales ni ecológicas de sus decisiones, tal como hemos apreciado en la situación pandémica del Covid-19 que ha puesto de manifiesto en muchas sociedades, la falta de solidaridad intergeneracional y la carencia de responsabilidad social. Hoy vivimos bajo la angustia del desequilibrio ecológico y con la desilusión de la persistencia del hambre y la miseria en un mundo que se llena de orgullo con las conquistas de la ciencia y la tecnología.

¿En dónde estamos?

Debe hacerse notar que las sociedades han modificado sus patrones culturales y laborales. Los padres de familia han tenido que reducir sus tiempos de dedicación al aprendizaje no-formal e informal de sus hijos y la escuela ha sido incapaz de responsabilizarse de los componentes afectivos trascendentales que tenían lugar, o que deberían haberlo tenido, en el seno de esa estructura social. Con estas palabras, sólo intento honrar a aquellos hombres y mujeres que merecen ser honrados; no a tantos creadores de familias disfuncionales que han sido causa de su propia deshonra.

La educación de los tiempos actuales ha fragmentado el conocimiento como ya señalaba C.P. Snow. Los conocimientos se enseñan mediante asignaturas, fragmentados, en segmentos. Peor aún, se dicotomizan en dos áreas, las ciencias y las humanidades, y entre ellas mismas también se desmenuzan, como si fueran idiomas separados e incomunicables, como lenguajes contrapuestos. La escuela y la universidad ayudan, lamentablemente, a romper el puente natural que existe entre el conocimiento del ser humano, de su medio y de sus creaciones. Rompen ese sentido “gestáltico” del conjunto de las disciplinas que es absolutamente necesario para entender a cabalidad cualquier especialización.

También se han fragmentado la educación cognitiva y la educación afectiva, una a expensas de la otra. Pero las dos son complementarias en muchas competencias humanas. Por ejemplo, cuando se enseña la autodisciplina como herramienta indispensable para pensar y aprender. Cuando se enseña que ésta requiere diferir gratificaciones y no ver el mundo a través del lente distorsionado de nuestros propios deseos o caprichos. Cuando se enseña que a pesar de todas las tiranías (y los niños están sometidos a muchas de ellas), nadie puede robarnos nuestro derecho a pensar, a disentir en nuestro interior y que el mundo ha progresado siempre gracias a los escépticos y a los rebeldes.

La escuela, por otro lado, forma parte de un sistema educativo profundamente fraccionado. No existe ni continuidad en los niveles de formación entre la educación pre-escolar, básica, secundaria y post-secundaria, y mucho menos existe, el concepto de educación a lo largo de la vida como impronta en cada uno de los seres humanos. Hemos incurrido en una educación cosmética, en donde los diplomas y las certificaciones han impedido el paso de los aprendizajes genuinos.

Esa discontinuidad inherente a si misma, se agranda de forma descomunal cuando los distintos gobiernos, totalitarios o democráticos, utilizan a la educación como terreno de conflicto de las tensiones y contradicciones políticas, parafraseando a Robert Arnove, y modifican a su antojo, sin el debido respaldo científico, las bases y procesos del sistema educativo. Se hace demagogia de la educación desde la derecha, la izquierda o el centro ideológico. La educación es un proceso cuyos resultados no son políticamente inmediatos; se extienden mas allá de los mandatos de los gobernantes. Es una siembra cuya cosecha no otorga réditos políticos a corto plazo. Pero todavía es mas equívoco el uso que hacen del término educación ya que tienden a confundir educación con escuela, escolaridad con educación.

Más grave aún es una educación en dónde los factores ético y estético que dan esencia y trascendencia a la vida pasan desapercibidos por todo el sistema educativo, porque la enseñanza de lo ético no es producto ni de planes formales de estudio ni de asignaturas dedicadas a ello. La formación ética es un proceso transversal y multidimensional cuyo mayor y poderoso componente es el de “predicar con el ejemplo”. Precisamente, la educación post-moderna hace hincapié en la disrupción del aprendizaje que produce el llamado currículo oculto, es decir, las distintas formas de corrupción que nos invaden y constituyen otra especie de escuela paralela, donde se aprenden el fraude y la deshonestidad. Nuestras escuelas y universidades no se escapan a este sistema de valores. Cada día falta más pasión y autenticidad en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Asistimos a la creación de nuevos impostores de la enseñanza que no comprenden que su mayor compromiso ético profesional como maestros o profesores es el de seguir aprendiendo por el resto de su vidas. Su obsolescencia en muchos casos se materializa al mismo tiempo de iniciar el ejercicio de su profesión.

¿A dónde deberíamos ir?

Por ello lector, permítame en un apretado resumen enfocar sólo dos áreas o dimensiones, en el entendido de que ni son todas, ni comprenden todos los aspectos que en un artículo de esta naturaleza y extensión sería posible cubrir. Pero que duda cabe, que estas dos dimensiones son esenciales para dar rumbo a la educación del futuro: la dimensión cognitiva y la dimensión afectiva.

Encauzando la dimensión cognitiva, meta-cognitiva y estructural de la educación

La crisis de la educación no está tanto en la explosión misma del conocimiento como en el grado de coherencia entre su onda expansiva, los medios para abarcarla, y la capacidad holística para asimilar el conocimiento multi e interdisciplinar que se produce. Tenemos a nuestra disposición, cada vez más, los nuevos desarrollos de la robótica, el bioaprendizaje y la genética, la inteligencia artificial y la misma neurociencia, que ampliarán las fronteras del conocimiento y las formas y procesos de aprendizaje de las personas.  Sin embargo, el sistema educativo va muy por detrás de este cambio exponencial de la ciencia y tecnología y de la misma sociedad. Las realidades que sustentan esta crisis de la educación actual están caracterizadas, entre otras, por estas reflexiones:

1. La parte esencial de la educación no está al final del continuum sino en la educación infantil y en la educación de los padres o de aquellos que ejercen la función de paternidad o maternidad. Sin una educación que abarque al menos los 9 meses previos al nacimiento de un nuevo aprendiz, no habremos avanzado en mejorar los niveles subsiguientes. Es aquí donde debe estar concentrada toda la capacidad de excelencia del sistema educativo sin detrimento del resto.

2. Los conocimientos científicos y tecnológicos no se incorporan a los planes de estudio formales de la escuela y universidad al mismo ritmo que se producen. Aun los conocimientos sociales van muy por delante del propio análisis anticipatorio al que debería estar abocada la institución educativa. Se requiere, por tanto, dar respuesta a los nuevos perfiles de empleo, al reciclaje profesional en todas las edades y a la investigación sobre nuevos dominios de las ciencias y las tecnologías y a las vertientes humanistas indispensables para el desarrollo del pensamiento crítico.

3. El conocimiento sobre el ser humano y su mundo se ha parcelado en segmentos cada vez más pequeños y más especializados. Pero el conocimiento más profundo de la materia y sus características nos lleva a una visión ínter y transdisciplinar y a una concepción unificadora del mundo, tanto en el dominio de las ciencias como en el de las humanidades. Las nuevas tendencias han vuelto a romper las fronteras artificiales que se habían establecido entre las diversas ciencias particulares. La aplicación del método científico en su más amplia acepción, identifica las ciencias con las humanidades, acercándonos a un humanismo científico-técnico, en donde la razón pura tiene que estar en equilibrio con el sentido de la estética, la ética y trascendencia del ser humano.

4. La tendencia contemporánea es a una “educación a la carrera” y orientada mayoritariamente a la búsqueda de diplomas o certificados acreditativos que enfatizan las características de la educación universitaria terminal. Una concepción distinta es la de la formación superior permanente que tiene esencialmente un carácter integrador y una actitud constante de indagación y búsqueda de nuevos conocimientos. Una educación a lo largo de la vida se inserta en la propia dinámica de la mutación e incertidumbre de la sociedad que no sólo exige poseer los conocimientos y técnicas para el desempeño de sus miembros en el mundo de hoy, sino, fundamentalmente, su capacitación para aprender, reaprender y desaprender permanentemente.

5. La ampliación de los objetivos de la universidad a la formación permanente está íntimamente relacionada con la propia concepción modernizadora de la educación, en donde teoría y praxis son parte integradora del conocimiento. Es decir, que no hay una etapa para estudiar y otra para actuar. Que aprender y actuar forman parte de un proceso existencial del ser humano. Es por ello también, que se hace necesario desde temprana edad combinar la teoría con la práctica, la prescripción con la innovación y la creatividad, la certeza con la incertidumbre, la armonía con el caos.

6. Las nuevas tecnologías de la comunicación e información tendrán que incorporarse paulatinamente a todos los niveles de educación formal y no formal. De ahí que será necesario desarrollar destrezas desde el inicio de la formación de los individuos que les permita manejar por si mismos variables de generalización y discriminación de conocimientos y búsqueda, procesamiento y evaluación de información relevante para sus propósitos. Hoy en los albores de una información planetaria vemos la cantidad de basura informativa que distorsiona el conocimiento real y no lo separa del meramente especulativo y ocioso. Estamos pasando por una etapa de deslumbramiento ante los instrumentos, ante los contenedores, y estamos relegando a un segundo plano los contenidos.

7. Se impondrá una nueva modalidad de Brick and Click (ladrillo y clic o universidad residencial y tecnología educativa) como expresa Arthur Levine, frente a la tendencia de lo que yo llamaría Point and Click o modelo online o en línea. Es decir, el futuro de la educación, y muy en particular de la universidad, llevará a dos modelos genéricos: el de élite, que combinará educación presencial y a distancia como integración de la socialización académica y el conocimiento; y el modelo de masas como instrucción online o no presencial. Este segundo modelo será de gran utilidad para el inevitable y necesario reciclaje y actualización profesional que estará inserto de por vida en todas las profesiones y actividades laborales. Por supuesto, existirán modelos mixtos que integrarán partes de esas dos vertientes genéricas.

Lo más difícil y a su vez, lo más importante: la dimensión afectiva de la educación

El conocimiento adquirido no es producto de un proceso desarrollado en el vacío, sino en la interacción de experiencias, tanto individuales como sociales que dan sentido a la vida del ser humano. Por ello, educar en su sentido más amplio no puede ser sinónimo de enseñar, instruir o entrenar. Educar es formar e instruir al mismo tiempo. Es combinar los procesos cognitivos, psicomotores y afectivos convirtiendo los contenidos en elementos libremente disponibles y discernibles, pero también como parte del crecimiento de la personalidad y de la convivencia en sociedad. Veamos sólo algunos puntos.

1. Transformar y mejorar el sistema educativo sin etnocentrismos es adecuarlo a las necesidades del futuro. Un futuro que sin duda será interétnico, intercultural, que tiene que respetar la variedad y singularidad de las culturas que definen nuestro mundo. A ese futuro interétnico de la educación se le unen muchos otros futuros: el ecológico, el científico, el técnico, el económico, el del binomio trabajo-ocio, el de cultura de paz, el estético, el ético. Es un mundo multidimensional y un futuro impredecible en vertiginoso cambio, con un sentido gestáltico de que la unidad, el todo, son producto de la variedad, de la diversidad, del movimiento. Pero diversidad no significa desigualdad ni asimetría. El concepto de diversidad parte de la equidad de derechos y deberes de las personas que se obtiene a partir de políticas y hechos desiguales, diversos, mediante el perfeccionamiento de lo que está existencialmente implícito en la solidaridad y fraternidad. Aquí está el gran desafío para combatir la pobreza, el racismo, la violencia, la cultura de la guerra, la degradación del medio ambiente, la ignorancia… Por ello, a esa educación diferenciada que busca obtener iguales resultados, se tendría que incluir una educación para la diversidad basada en los componentes afectivos del aprendizaje.

2. La diferencia entre una escuela y un centro de entrenamiento es que la escuela debe orientarse al desarrollo integral del ser humano en consonancia con su medio, no solo mediante la enseñanza de destrezas y capacidades, característica de los centros de entrenamiento, sino en el aprendizaje social y cultural y en el crecimiento como persona, no en soledad, sino en constructiva compañía. Sin embargo, la escuela, que en buena parte de los países, demuestra tener problemas graves en el desarrollo de las competencias cognitivas —como las que corresponden a los lenguajes matemáticos o abstractos— tiene aún mayores dificultades en el manejo de variables sociales y culturales. La violencia, el egoísmo, el respeto a las ideas del otro, el propio abandono de conductas cooperativas, el racismo, la intolerancia, la educación etnocéntrica y nacionalista, son parte de un problema más generalizado. Nuestros sistemas educativos están informando mal y formando mucho peor. La educación afectiva está prácticamente remitida a un último lugar, y esto es a mi juicio, una de la causas más importantes de la mala salud de la educación en general.

3. La escuela tendrá que poner más atención a las variables afectivas. En mi libro The Psychosocial and Cultural Nature of Education presento 21 variables afectivas que son esenciales en la construcción de la educación del futuro. Entre ellas,  desarrollar el pensamiento ético y estético, las conductas de flexibilidad y tolerancia, el ejercicio permanente para la liberación de prejuicios mentales y sociales, la moderación de lo superfluo, el ejercicio de la compasión, el aprender a compartir el conocimiento, aprender a saber escuchar, fomentar las actitudes generosas, reconocer lo que otro puede enseñarnos, aprender a cuidar o aprender el sentido de convivencia con la naturaleza, con el conocimiento y con el propio ser humano. En definitiva, aprender a aprender en compañía.

4. Los grandes avances de la neurociencia y su aplicación al aprendizaje, serán de importancia decisiva para crear programas que no sólo permitan la evolución de las variables cognitivas y el avance de la inteligencia artificial, sino también en la comprensión y estimulación de las actividades humanas en las esferas de las decisiones morales, sociales, emocionales y del aprendizaje afectivo. Es mucho más importante aprender a amar el aprendizaje que aprender odiándolo. Este es el gran desafío de la educación del futuro, acompañado por la construcción ética del conocimiento.

5. La educación afectiva requerirá modificar radicalmente la formación de maestros y profesores. Además de su formación científico-matemática y social tradicional, deberán ser profesionales con extensos conocimientos de psicología, ciencias de la salud, tecnología, filosofía y áreas afines para que puedan llevar a cabo todos los procesos de atención a los estudiantes en sus distintas etapas evolutivas. Así mismo, la educación del futuro de cada persona tendrá que ser responsabilidad de un equipo de profesionales de diferentes disciplinas.

La educación debe ser flexible como el bambú y no reglada por leyes rígidas, porque el mundo cambia y se forma para el mañana y no el ayer. Finalmente, el hilo conductor tiene que partir de las dos instituciones fundamentales de la sociedad: la familia y la escuela. Ese hilo debe dirigirse a la educación como práctica de la democracia, de la libertad, de la equidad, de la modernidad, de la innovación y de un humanismo comunitario. Hilo que nos conduce a un futuro deseado, a unos ideales a los que no podemos renunciar. Un futuro interétnico impregnado de la mayor riqueza que tiene nuestro mundo, su variedad cultural. Un futuro para la educación que, sin renunciar a su función de desarrollo de competencias cognitivas y meta-cognitivas, profundice en las dimensiones afectivas y actitudinales. Una educación que además de enseñar para el corazón, nos proporcione alas para el viaje de la vida.

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Revisión, July de 2022. Este ensayo ha sido publicado originalmente en la revista Crítica de España, Nº 982, Diciembre 2012. Su versión original en pdf puede obtenerse online aquí. Fue presentado como conferencia magistral al Congreso Puertorriqueño de Investigación Educativa celebrado en la Universidad de Puerto Rico, Rio Piedras el 7 de marzo de 2013.

©2013, 2016, 2021, 2022 Miguel Ángel Escotet y Revista Crítica.  Todos los derechos reservados. Se puede reproducir citando la fuente y el autor en la forma siguiente: Escotet, Miguel Ángel (2012).  Educación Afectiva: alas para el viaje del futuro. (Revisado agosto de 2021, Blog Académico) Revista Crítica (Madrid), Nº 982, Diciembre, pags. 14-18. La fotografía de la cabezera es un fragmento del original de la fotógrafa Tatyana Tomsickova.

 




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